Con o sin ley de los ‘pies mojados’, centenares de cubanos esperan llegar a EEUU

Ana y Víctor llegaron desgastados y cansados en un autobús a primera hora de la mañana y fueron directamente hacia el puente que cruza Río Grande y entra en Texas, territorio estadounidense.

La pareja cubana se dirigía a las oficinas de inmigración de EEUU, donde planeaba solicitar asilo político.

Sin embargo, agentes fronterizos les bloquearon el paso antes de que pudiesen defender su caso. “Le dije: ‘Espera, estamos pidiendo asilo político, mira mi pasaporte’. Y nos contestó que no aceptaban cubanos”, cuenta Ana, de 49 años. “Nos dejaron en la calle”, denuncia.

Ana y Víctor, que prefieren no dar sus apellidos, están entre los aproximadamente 1.000 cubanos que han llegado a Nuevo Laredo desde el 12 de enero, fecha en que Barack Obama puso fin a la política de tratamiento preferente a los inmigrantes cubanos.

La política de “pies secos, pies mojados” permitía a cualquier cubano que llegase a EEUU convertirse en residente legal. En la práctica,  la revocación de esta política como parte de la distensión de Obama con La Habana ha cerrado la frontera a los migrantes cubanos.

Aun así, los isleños han seguido reuniéndose en la frontera con la esperanza de que el sucesor de Obama vuelva a una política más hostil hacia Cuba. Pero cuando Donald Trump anunció el mes pasado una retirada parcial de la apertura de Obama hacia Cuba, el presidente mantuvo las restricciones migratorias intactas.

“¿Por qué la esperanza con Trump? Porque es la única opción que tenemos para salir de Cuba y volver a unir a nuestra familia”, cuenta Ana sentada en la sala de espera de una clínica de rehabilitación de toxicómanos dirigida por pastores evangelistas y convertida en refugio improvisado para migrantes cubanos. En cuanto a Obama, señala: “Simplemente se quería llevar bien con el rey de Cuba”.

El repentino cambio de Obama en política migratoria pillo a los cubanos desprevenidos, incluso a aquellos que ya estaban de camino a Estados Unidos. Ana y Víctor, fervientes críticos con los Castro, no empezaron su viaje en enero, pero estaban decididos a llevar a cabo su plan de salir de Cuba y, en su opinión, no tenían otra opción. Unos meses antes, la pareja había vendido su apartamento de una habitación en La Habana Vieja para financiar el viaje.

El dinero de la venta sirvió para pagar la solicitud de visado para sus hijas, que finalmente ha sido aprobado, y sus propios visados para México y los billetes a Cancún, donde llegaron a mediados de mayo. Durante unas semanas, limpiaron coches y trabajaron en restaurantes para pagar su viaje a Nuevo Laredo.

Otros han tomado rutas más largas hacia la frontera, viajando primero a Ecuador –donde los cubanos pueden viajar sin visado– para cruzar posteriormente andando a Colombia, Centroamérica y todo México.

El trato de México a los cubanos

Cuando cambió la política, los cubanos se congregaron en plazas públicas cerca de la frontera hasta que pastores locales empezaron a hacerles hueco en iglesias y centros de rehabilitación. Otros se encuentras actualmente en un albergue dirigido por un grupo católico local. El grupo prevé un incremento de la demanda tras la retórica contra los inmigrantes de Donald Trump y su promesa de deportar a los inmigrantes indocumentados.

“Nos estábamos preparando para la emergencia Trump cuando llegó la emergencia Obama”, cuenta Giovanni Bizzotto, cura scalabriniano que dirige el albergue Nazaret para inmigrantes. “Había mucha gente rezando y esperando que Trump cambiase la política de Obama”, añade.

El gobierno local ha concedido a los cubanos tres meses de seguro médico y los agentes de inmigración mexicanos han emitido visados que les permiten residir y trabajar en México.

Sin embargo, aproximadamente la mitad de los cubanos se ha cansado de esperar en Nuevo Laredo, ha cruzado el puente fronterizo y se “ha entregado” a las autoridades estadounidenses bajo la esperanza de solicitar asilo. Otros han solicitado asilo en México, aunque la mayoría no ha abandonado sus esperanzas de entrar en EEUU.

La mayoría de los migrantes en el albergue son centroamericanos que  huyen de la violencia de las pandillas y de la pobreza o mexicanos deportados de EEUU y abandonados en una ciudad convulsionada por la violencia del crimen organizado.

El tratamiento de los cubanos, que con los papeles adecuados pueden cruzar México, contrasta notablemente con los miles de centroamericanos que transitan por el país huyendo de la pobreza y la violencia en sus países de origen.

Actualmente, los agentes de inmigración mexicanos detienen y deportan a más centroamericanos que sus contrapartes estadounidenses. Los migrantes son asediados por policías corruptos y bandas criminales en su camino hacia el norte.

“Es difícil cruzar México. Con algo de suerte, puedes conseguirlo”, cuenta Luis Oviedo, un hondureño que se libró por poco de un intento de secuestro mientras cruzaba el país. En una parte de su viaje, anduvo durante 10 días para evitar los controles.

Entre los cubanos que están en el refugio Bizzotto, destaca la ira contra Obama. “EEUU es un país de inmigrantes y nos han cerrado la puerta en las narices”, cuenta Israel, operador de maquinaria pesada de 64 años.

Israel, que prefiere no dar su apellido, pasó siete años intentando llegar a México. Trabajó durante el camino, incluidos dos años como camarero en Panamá. El cubano saca un pasaporte azul andrajoso con un sello de entrada de Ecuador fechado el 12 de febrero de 2010. Aun así, está furioso por el cierre de la frontera estadounidense a los cubanos antes de que él haya podido cruzar.

“Renuncio a Estados Unidos”, declara, elevando el tono sobre el ruidoso ventilador de techo. Poco después, admite que sigue teniendo la esperanza de cruzar la frontera algún día para reunirse con un hijo que vive en Nueva Orleans.

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