La espera corroe las esperanzas de los migrantes cubanos varados en Panamá

CAMPAMENTO0037 MJP

El verde parece colmarlo todo en Chiriquí, la provincia del occidente panameño en que el gobierno mantiene retenidos a 124 indocumentados cubanos en un campamento en la región de Gualaca.

La quietud de la mañana en medio de los pinos descomunales que crecen en las faldas de las montañas solo se ve interrumpida por las picaduras de los insectos, una verdadera tortura al alba y al anochecer.

“Este lugar es hermoso, pero todo cansa, el limbo cansa”, dice Yosvani López, un cubano de 30 años que llegó a Gualaca en abril tras pasar tres meses en el albergue que Cáritas habilitó para los migrantes cubanos en Ciudad de Panamá.

“A veces nos sentamos a conversar sobre lo que haríamos si pudiéramos salir de aquí y llegar a otro país. Algunos familiares nos dicen que están preparando un campamento en Canadá para acogernos, otros te cuentan que tienen todo preparado para deportarnos. Vivimos así, entre ilusiones y miedos”, lamenta.

El campamento donde se encuentran los cubanos fue construido por unas brigadas suizas que en los años 70 hicieron la represa La Fortuna y tiene 42 hectáreas, en su mayoría ocupadas por bosques y un arroyo. A una hora de la ciudad más cercana, la humedad es tal que hasta en las tejas de fibrocemento del techo crecen hongos y plantas.

Junto a las instalaciones de madera, deterioradas por el paso del tiempo, todavía quedan antenas satelitales, calentadores eléctricos y, según aseguran los migrantes, de vez en cuando se hallan monedas extranjeras enterradas en los terrenos baldíos.

López nació en Caibarién, una ciudad en la costa norte de la isla. Aunque tuvo la oportunidad de emigrar utilizando una lancha rápida para cruzar el Estrecho de Florida, prefirió la ruta selvática para evitarse los siete años sin poder regresar que el gobierno impone a quienes abandonan Cuba de manera ilegal.

“Quería regresar antes de los siete años. Tengo a mi madre y mis hermanas en Cuba”, explica.

Trabajó como chef especializado en mariscos en el hotel Meliá de la cayería norte de Villa Clara cobrando el equivalente a 25 dólares al mes. Con el dinero de la venta de la casa de su madre viajó a Guyana y en Panamá lo sorprendió el fin de la política de “pies secos, pies mojados”.

“Aquí pasamos las horas entre los chats con nuestros familiares en Cuba y en Estados Unidos y la búsqueda de indicios en las noticias que nos digan qué va a pasar con nosotros”, comenta.

Los migrantes que se encuentran en Gualaca no solo tienen prohibido trabajar sino que además solo pueden salir del campamento un día a la semana para ir a Western Union, con previo aviso y acompañados de oficiales de la policía presidencial, que custodia el sitio. Algunos, no obstante, han improvisado ventas de café y hasta una barbería. Los lugareños también montaron una pequeña tienda para abastecer a los indocumentados de los productos de aseo y golosinas que pagan con las remesas enviadas por los familiares desde Estados Unidos.

Las autoridades dieron un plazo de 90 días para decidir qué harían con los 124 cubanos que aceptaron la propuesta de ir a Gualaca. Dos meses después, la paciencia de los migrantes comienza a agotarse. Se han reportado al menos unas seis fugas desde que fueron trasladados allí. La última, fue protagonizada por cuatro cubanos, de los cuales dos ya han regresado y otros dos cruzaron la frontera de Costa Rica.

Desde que amanece, Alejandro Larrinaga, de 13 años, y sus padres esperan alguna noticia sobre su estancia en Panamá. Rodeado de adultos, solo tiene otro menor con el cual jugar en el albergue, Christian Estrada, de 11 años. Ninguno asiste a la escuela desde hace año y medio, cuando salieron de La Habana.

Alejandro recuerda que estuvo más de 50 días en la selva y producto de la deshidratación severa se enfermó de epilepsia y convulsionó en varias ocasiones. “Fue dura la travesía. No es fácil de explicar: una cosa es contarla y otra vivirla”, dice con una entonación que lo hace parecer mucho más adulto.

“Tuvimos que ver gente muerta, muchas calaveras. Tuve miedo de perder a mi mamá y a mi papá”, recuerda. Pero, aunque las lágrimas asoman en los ojos de su madre mientras él rememora aquellos momentos, ahora dice sentirse seguro en Gualaca y se pasa los días jugando al ajedrez.

“Quiero ser maestro de ajedrez, que es más que campeón. Algún día lo lograré”, afirma.

Publicado por El Nuevo Herald: ver mas aquí

Anuncios