Cuba y el surrealismo aduanero

Aeropuerto Internacional José Martí

Salvador Dalí nunca estuvo en Cuba, aunque llegarán sus obras por primera vez al Museo de Bellas Artes en La Habana. Pero si el célebre pintor surrealista español pudiera por un momento despertar de su sueño eterno y viajar a esta isla, tendría inspiración de sobra para muchas más de sus geniales pinturas.

Bastaría pasar por los controles del aeropuerto, mejor después de septiembre cuando entren en vigor las más recientes disposiciones de la Aduana General de la República, que parecen sacadas de un manual del surrealismo, o de la imaginación de un bromista, si no se tratara de algo tan serio que afecta a millones de cubanos.

Dalí abriría aún más sus grandes ojos, sorprendido de los ridículos límites impuestos a los viajeros, contabilizando desde la cantidad de jabón o adornos para el pelo, hasta las piezas de repuesto de autos, imposibles muchas veces de conseguir acá. Ni él, ni nadie que no viva o conozca bien Cuba (ni tampoco nosotros, que conste) puede entender que se limite aún más la cantidad de confituras o desodorante que se puede entrar al país, convirtiéndose en tragedia para muchos que dejarían de resolver por esa vía necesidades básicas. Tampoco comprendería de primeras Salvador por qué los cubanos suelen viajar con toda una mudada, cuando cualquier viajero de otro país se mueve por el mundo con unas pocas mudas de ropa y algún souvenir para el recuerdo.

Nosotros, de ser posible, traemos la casa a cuestas, desde los electrodomésticos más variados hasta productos comestibles, pasando por la infaltable ropa, ¡los zapatos! y los nunca suficientes productos de aseo. Y no es capricho, ni que nos guste andar como nómadas de aeropuerto en aeropuerto. Ni siquiera, como sospecha la aduana, que todos nos vayamos a dedicar al “trapicheo” o venta  ilegal.

Boquiabierto quedaría Dalí si logra pasar los controles de aduana ileso y le da por visitar la red comercial. A un desabastecimiento grave y crónico, donde suele faltar casi cualquier cosa, se le suman unos precios neoyorquinos en cualquier tugurio en pleno corazón de Centro Habana.

El famoso 240 % de impuesto estatal (a veces más) hace inalcanzables para una mayoría no solo los pequeños lujos de la vida diaria sino hasta los artículos de la canasta básica, que cada vez menos se entregan subsidiados en la ya casi jubilada “libreta de abastecimientos”.

Si una tableta de chocolate, de las más baratas, no cuesta menos de 2 CUC (poco más de 2 USD), lo que equivale al 20 % del salario mensual de cualquier trabajador medio, qué decir de un litro de aceite “sato”, de soya, de producción nacional, con un precio de 2.40 CUC. O sea, una semana de trabajo para adquirir una botella de aceite.

Esperemos que a nuestro querido Dalí no se le rompan sus peculiares zapatos, porque si tuviera que comprar unos –no de marca o modelo determinado, sino cualquiera del montón, de dudosa calidad y que en algunos casos no le durarían tres puestas– necesitaría no menos de 20 CUC, y eso es ya un mes completo de trabajo de un ingeniero, o periodista.

Supongamos que Dalí navega con suerte y no llega en uno de  esos momentos en que media Habana busca desesperada –sin encontrarlos– un simple paquete de detergente, o una pasta dental, o papel higiénico, sin pedir mucho, conformándose con cualquier producto o marca desconocida. Debemos advertirle al pintor que no se le ocurra ya esperar por una línea o calidad determinada, que es por gusto.

¿Cómo entender entonces los límites irrisorios de cinco unidades de “preparaciones capilares” (champú, cremas o geles, entre otros), cinco esmaltes de uñas, cinco portaretratos o 20 maquinillas de afeitar desechables? Esas cantidades apenas alcanzan para consumo propio, no ya pensar en familia o amigos. Y menos da para vender, que es el gran temor de los sesudos a los que se le ocurrió semejante disparate.

Para cualquiera (Dalí incluido) está claro en ningún lugar del mundo se pueden importar productos de carácter comercial sin pagar determinados aranceles. Pero es que aquí, no existe siquiera la posibilidad de hacerlo por vías legales. Hace unos meses, se prohibió a los negocios privados  la venta de confecciones y otros artículos industriales, pero sólo lograron quitarlos de la vista.

El negocio continuó, ahora más escondido y más caro para el cliente, pero que de todos modos, resuelve aún de esa manera  determinados artículos. A partir de septiembre, quizás sea un poco más difícil, pero no imposible, a juzgar por experiencias anteriores.

Para Dalí, acostumbrado a viajar, sería no obstante una novedad que le contaran los calcetines o los calzoncillos. Difícilmente eso le ocurriría en ningún otro aeropuerto, ni de su tiempo ni del nuestro.

Y es que por muy surrealista que uno sea, el absurdo de la vida real te puede sobrepasar a veces. Lo cierto es que, a pesar de las voces de protesta, la aduana parece empeñada en justificar lo injustificable y suma una medida impopular más a las de los últimos meses, que lejos de resolver un problema, han creado muchos otros. Como mismo ocurriera con los desorbitados precios de los autos, que aún se llenan de polvo en los concesionarios y con cuyas ganancias se suponía que mejoraría el transporte público. O con el cierre de las pequeñas salas privadas de cine 3D, que hacían en la práctica una labor comunitaria,  prohibidas sin una sola razón convincente y sin sustitutos a la vista.

En fin, que cuando vea todo esto, lo más probable es que Dalí se estire un poco más el bigote y se vaya por donde vino, a pintar en otra parte, que aquí solo autorizan a entrar cinco pinceles.

 Natasha Vazquez

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